lunes, 11 de mayo de 2009

Gestos


Al salir de su casa y cerrar la puerta se percató de que sus gestos no coincidían con los sonidos habituales, de que no estaban sincronizados. Después de transcurrir unos minutos, consiguió escuchar el crujido de la puerta de su casa cerrándose en otra calle, mientras observaba en silencio, dentro de un taxi, el tránsito de la plaza. Alguien le hablaba y no podía escucharle en el mismo momento, sino después. Por eso empezó a creer que oía voces. Se percató también de que su lugar de trabajo ya no existía... Y de que, en realidad, se había perdido porque no encontraba el camino de regreso a casa.
Publicado en mi libro Visiones desde el marco (2008).

Lingam

I
Naciste de un canto de claridad.
Aunque sospecho que no eres alquimista.
Naciste del abismo de una madre,
coincidentia oppositorum.
Tú y ella
bajo un cielo negro, blanco y rojo.
Solve et coagula.
Porque no es oro
todo lo que consigue un mundo de otro.

II
Vi la mitad de la media Sophia.
Cruzaba las calles
como forma de misticismo.
Metafísicos, poetas del silencio,
minimalistas,
poetas del conocimiento
ven como yo
el umbral
del puente de Chinuat.
Oigo que me dicen
que soy tú mismo.

III
Alguien,
una madre antigua,
nos imaginó
en un centro
que quiso separarnos.
Una flor de loto.
Lingam.
Una rosa en el lugar.
Lo hemos consumado.
Y hemos muerto.
Lo anhelamos.

(Inédito).

domingo, 10 de mayo de 2009

Límites

I
Deja diluir el negro,
despréndete del gris,
convierte tu blanco
en la negación absoluta,
en un progreso
de la duda
que habita en la memoria,
de la duda
habitable en estos momentos.

II
Das tu espalda.
Entornas tu eje.
Llegas tarde
a la acción.
Inviertes la consecuencia
y te ves
sin gravedad,
con la infancia
a cuestas
en alguna parte
de tu imagen.

III
La palabra se deshace
con paso firme
en un movimiento sin razón,
y descubre
su silencio, su disonancia,
sus ecos.
La palabra que respiras
provoca una crisis fulgurante,
un no saber
que se disipa
cuando pronuncias la nada.

(Inédito).

Los observadores


Usted ha llegado con los demás. En un espacio para decidir. En un espacio. Para decidir lo que haremos. De cómo actuaremos. De cómo actuaremos. En este punto tan difícil... Piense. Veamos. Descorche una frustración. Descorche, por ejemplo, una cereza de una botella. Y recorra todos los mares. Aterrice en un rascacielos... Disfrute de su apetito. Oblíguese a comer. Oblíguese a opinar. Porque todo es discontinuo. ¿Es usted disperso? No hay comunicación. Entonces, usted espera algo de comunicación... Y en ese momento, la luz me miraba desde la ventana... Me sentí observado por usted. Fue, entonces, cuando decidí salir en su búsqueda. Pero no. Usted lo ha olvidado. Y no aguanto esta espera. Me pone de mal humor. Alguien quiso representar este papel, ¿sabe? Pero yo no lo permití. Todavía no estaba preparado. No puedo abandonar. No puedo dejarlo como si nada. Busco los silencios positivos, las pausas. ¿Quién quiere hablar? ¿Y cuándo se decidirán a hablar? Yo no quiero decir este texto, pero no tengo más opciones. Ustedes no quieren callarse, ¿o sí? Bueno. Es, quizá, un momento culminante. Ustedes me dicen lo que debo decir. Usted... Me voy a callar. Me voy a interrumpir. Lo interrumpo todo. Para perder el ritmo. Buscar el silencio. Está bien. Sin antecedentes. Sin humor. Sin tristeza. Pero usted sabe que es algo triste. Porque usted no tiene nada que contar. Vive solo. Disfruta de la soledad. Del soliloquio. Usted es individual. Se considera un individualista. Quizá alguien ajeno a usted mismo. Usted es un ser al margen. Una especie de confianzudo de sí mismo. Ha olvidado sus motivos. Ha olvidado cómo ha llegado a este punto. ¿Cómo era antes? ¿Cómo se iba usted de sí mismo? ¿Cuándo comenzó todo? Está solo. Solo. Nadie le espera. Nadie da nada. Ustedes lo saben. Es difícil. Porque estas preocupaciones carecen de interés. Un lenguaje que no da nada. Nada. Como experiencia no sirve. No insista. Como voz interior, ¿quién sabe? ¿Usted lo sabe? Cada uno sólo puede hablar de sí mismo. Es inútil toda resistencia. ¡Qué nadie se mueva! Es broma. Pero estamos aquí. En este lugar repleto de imprecisiones. Ni siquiera usted y yo somos compatibles. Ustedes y yo. Fingimos. Fingimos que hay entendimiento. Pues yo les digo que no lo hay. Yo. Mi personaje no sabe nada. Les ignora. Y es capaz de engañarles. Les está engañando. Ustedes suponen. Sólo suponen lo que está sucediendo. Pero no ocurre nada. Como en sus vidas. Usted se siente engañado. Se irrita. Le preocupa la experiencia. Y no saber... Esta imprecisión... El argumento está circulando por otro canal... Usted se enfada porque cree que no se encuentra en el lugar adecuado. Usted duda. Es decir, usted abandona. Sale del lugar. Pero está solo. Continúa solo. No se ha resuelto el problema. Vuelve a dudar. Busca otra ubicación. Pero no es suficiente. Usted carece de recursos. Es algo sin estructura. Sin diseño previo. Sin aclaraciones. Nadie le explica. Nadie habla con usted. Pero están ahí. Ellos, ustedes, dentro de sí mismos... Los observadores de esta guerra. Usted pertenece a esta coalición. A este tribunal. Usted es una parte. Algo indiscutible. ¿Lo entiende? Entonces, ¿por qué duda? Usted es consciente. Se deja llevar. No quiere dejarse llevar. ¿Qué le preocupa? Está preocupado. ¿Qué le impide seguir? No puede seguir. Usted se asombra. Pero no puede asombrarse. Se interroga. Se sienta. Vuelve a ser usted mismo. Y ellos siguen ahí. Está con ellos. Les refuerza. Les devuelve el optimismo. No comprenden, pero ¿qué importa eso? Se irán con la duda. Algunos se marcharán con las manos vacías. Algunos seguirán escuchando. Y usted verá la televisión. Verá la televisión. Se descubrirá en ella. Elegirá no comprometerse. Dejará de ir al teatro. Abandonará su vida anterior. Sentirá la necesidad de comenzar de nuevo. Pero no hay salida. No está en su mano. Usted no puede escapar de todo. Es inestable. Todo esto. El espacio. Este reducto. Y es breve en comparación con todo lo demás. Una fortaleza sin fuerza. Y este teatro hueco. Continúa disperso. No se ha movido. Pero respira. Usted piensa en la televisión. En una imagen invisible. En cómo sería el desnudo. Y cómo se colocaría. Y cómo perdería. Usted sabe. A no ser... A no ser que alguien le estuviera engañando. Que le dijera lo que quiere oír. Entonces, todo sería distinto. Usted no sería quién cree que es. Ni los demás. Ni ustedes. En realidad, no lo saben. Confían demasiado. Hasta en la escritura. En la estabilidad de aquello que es inestable. En una herencia. Hay unos derechos adquiridos en este espacio. Unos derechos que ustedes ven. Unos derechos que yo no puedo ver. Por eso me oculto entre ustedes. Y me disfrazo de usted. Pero no lo sabe. No me conoce. Por eso he dejado de escucharle. Por eso he perdido mi afinación. Al carecer de criterio, usted no sabe de lo que estoy hablando. Desconoce el engaño. Convive con su propia apariencia. Y continúa ahí inmóvil. Sin decir lo que piensa. Lo que opina de verdad. Pero se justifica. Se ignora. Usted se ignora. Porque se justifica. Porque dice no lo entiendo. Porque usted lo sabe. Yo le ignoro. Le ignoro.

Pieza teatral publicada en mi libro Teatro 8: Interior de una cámara de cera (2006).

José Luis Castillejo, la inexistencia como modelo de escritura


La multiplicación de las escrituras es un hecho moderno que obliga al escritor a elegir, que hace de la forma una conducta y provoca una ética de la escritura.
Roland Barthes, El grado cero de la escritura
La aparición de los diferentes modelos de escritura que han invadido la vida contemporánea efectivamente constituye un hecho moderno que incide en los estilos literarios. Pero el escritor de hoy se inserta en los proyectos al uso preestablecidos, sin pretender salirse de los cánones habituales. Y es que, aunque ponga en entredicho la sintaxis, incluso la logre quemar, si se permite la expresión, continúa sujeto a un proyecto, a una tradición. Para acercarse a la originalidad, al escritor sólo le queda cambiar de formato, de soporte técnico, o la construcción de un debate abierto con las diferentes fuentes, con los tiempos y los espacios que distancian unas opciones de otras. ¿Pero qué sucedería si hubiera un modelo de escritura que se contradijera porque, precisamente, su sentido no es una mera deconstrucción, sino la defensa de la inexistencia misma de la escritura? ¿Una vuelta a la oralidad? ¿Una nueva forma de escritura que, a la vez, es antiescritura? Este debate resulta abierto de nuevo por las vanguardias y desarrollado con posterioridad, entre otros, por el autor sevillano, José Luis Castillejo, nacido en 1932, en su libro La escritura no escrita, quien, junto a Hidalgo y Marchetti, fue considerado el «tercer hombre» del grupo zaj.
Esta obra fue publicada por el Taller de ediciones de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, en 1996, y presentada como un texto de difícil clasificación, fronterizo entre diversas disciplinas, en una colección que pretende monografiar a ciertos autores de vanguardia más contemporáneos. Dicho sea de paso, esta universidad viene desempeñando fértiles labores de investigación y de producción en esta área de trabajo: las vanguardias de los siglos XX y, ya, del XXI.
El autor de este libro, José Luis Castillejo, ha cultivado el ensayo en Actualidad y participación (Tecnos, 1968). A partir de 1967 trabaja en el ámbito de la escritura experimental con las obras La caída del avión en el terreno baldío, de ese mismo año, La política (1968), The book of i´s (1969), The book of eighteen letters (1972) y El libro de la letra (1973).
El editor señala que el conjunto de La escritura no escrita fue elaborado en 1976 y que se publica veinte años después, corregido y con un epílogo. Al parecer, el propósito de la obra fue dar un fundamento teórico a otra, titulada Un Libro de un Libro, que, por su elevado coste de realización, aún se mantiene inédita. Tan solo algunas páginas fueron impresas y distribuidas con apariencia de ensayo.
La escritura no escrita centra su atención en torno a una antigua cuestión, tan primitiva como la humanidad, que se pregunta Plotino: «¿Qué es eso que no existe?». Y precisamente a esto se reduce la búsqueda en la que se embarca Castillejo en esta obra, a uno de los últimos eslabones de una larga tradición que se remonta al principio de los tiempos, una cuestión habitual para la religión, la filosofía, la ciencia, la metafísica o la poesía. La escritura no escrita traslada al lector a los orígenes de la escritura misma, a la oralidad y al libro revelado del mundo, a los textos sagrados y a los textos de la naturaleza, a la necesidad de una doctrina escrita para la vida humana. Por ello, este libro se convierte en una especie de diario de anotaciones sin tiempo, sin memoria exacta, en un recorrido espacial por la historia del pensamiento y por los principales emblemas de la naturaleza, dibujos metafísicos de la «letra sagrada». El libro de Castillejo no es un texto con vocación de actualidad, aunque lo parezca, porque pretende reflexionar en torno a estas categorías. Y esta tradición se extiende, como se ha señalado, a los comienzos de la escritura misma, cuando el conocimiento de las ideas divinas se empieza a escribir y se convierte en palabra sagrada y cuando luego se interpreta esa escritura, reescriturándose. El libro se convierte en el enigma del mundo, y su interpretación, en una percepción subjetiva de él.
Para un vanguardista como Castillejo, este libro se transforma en un objeto, en un fetiche, en causa de una contradicción entre la existencia y la inexistencia, pero también representa la descripción de una búsqueda poética por los mapas invisibles del universo humano, aquellos que sólo se revelan a través de las percepciones de la sensibilidad.
Las palabras no son suficientes para expresar lo que se puede ver o escuchar, la multiplicidad de sensaciones que se perciben a diario. El pequeño libro del hombre es un microcosmos por descifrar en el que se condensan todos los elementos necesarios para comprender la letra dada por los dioses a los seres humanos. Este libro, repleto de interrogantes, reafirma y niega a la vez el acto de la escritura, pero, como el autor subraya, «no se puede separar escritura y mundo» (pág. 7). En este sentido se niega a sí mismo, ya que pretende ser también un antilibro. Pero en esa antítesis reafirma su hipótesis, porque Castillejo desea llegar a los fundamentos de la escritura, más allá del acto puramente escrito.
La escritura física se presenta como una mancha y el vacío como un acto sutil del ser. Ahora bien, la metafísica de la escritura sería equivalente a una mancha de la letra no entendida únicamente como letra, ni como pintura, ni como música, sino más bien como imagen que se apropia de la obra sin manifestarse materialmente. Por este motivo, su autor señala que «la escritura no escrita es la manifestación simbólica de lo que la escritura escrita textualmente no dice», esto es, «lo no dicho y lo entredicho» (pág. 71).
La escritura no escrita también representa un estigma contra la modernidad, cuya escritura necesariamente está escrita. El lector se encuentra ante una lectura de la diferencia, donde «la forma puramente escrita ya no es suficiente para decir lo escrito y la forma sencillamente no escrita no es ya suficiente para decir lo no escrito» (pág. 19). Es ahí donde se puede suscitar un conflicto. Pero su autor tiende un camino hacia la igualdad entre la escritura y la no escritura, un espacio de imparcialidad y de totalidad. Lo no escrito, entonces, no necesita ser transcendente, pues coexiste allí, pertenece a un único mundo, gobernado por la dialéctica y por la crítica. De esta manera, Castillejo parece manejar la tesis de que el pequeño libro del hombre necesita encontrar su forma no escrita y así reencontrarse con el misterio, con el punto de inicio de la escritura misma. El eje de esta hipótesis recae en que lo escrito ya no es suficiente para conocer la verdad. Los niveles de exploración son infinitos y lo sagrado ha dejado de estar exclusivamente en la letra.
La escritura no escrita navega en el lenguaje de los símbolos, en la incertidumbre, en el ocultismo, y no pretende el descubrimiento porque, en sí misma, representa la más pura metáfora del descubrimiento. El mundo, la escritura no escrita, per se, constituye un modelo de presentación que es representado por la escritura, acaso por la literatura. Lo indescifrable, lo no dicho, lo no explicado, el misterio de los símbolos, todo ello pertenece a un modelo de posibilidades, a parámetros esenciales, primigenios, que justifican la importancia de una escritura en el espacio.
La letra es una parte de la representación, una parte intuitiva y reformada que pretende concretar una abstracta imagen del mundo. Pero la letra termina deformando la realidad, limitándose a emitir significantes que revelan alguna forma de percepción. Su grafismo, pues, como, por ejemplo, en la poesía china, permite dibujar las sensaciones originarias del ser humano en el mundo. Hoy en día se vive bajo el imperio de la imagen y no supone una gran complicación dibujar una casa, una persona, etc. Pero hay que remontarse al principio de los tiempos cuando sí implicaba un enorme reto representar dichos motivos. En occidente se ha perdido esa perspectiva del lenguaje, puesto que las nuevas tecnologías han diseñado el trazo de la letra, sin ningún tipo de tensión, ni sensibilidad, sino como el elemento parcial de una estructura global, que es la comunicación.
Por su parte, Castillejo se detiene, más bien, en el clasismo que genera el fenómeno de la parcialidad de la letra: «marcas o letras», «letrado e iletrado», «hombres de marca y hombres marcados», «forma y fondo» (págs. 34-35), etc. Cuestiones que someten a la letra a una continua división ontológica, así como a un profundo proceso dialéctico. Este autor manifiesta que la letra se impone, marcando los objetos. Critica la libertad del mundo de las palabras como un triunfo de la clase burguesa que, en el caso de Marinetti, derivó en el fascismo. Incluso defiende que la parcialidad que emana del mundo de las letras convive perfectamente con la lucha de clases y con la discriminación sexual.
Este mundo de las letras también debate con el horror al vacío. La esfera de lo no escrito es lo más próximo al vacío mismo. Y todo es posible en él. El vacío en la tradición occidental se vincula al horror vacui, que tiene una destacada representación en el arte barroco. El horror vacui es el temor a una vida sin alma y, por ende, a un mundo sin Dios. Se podría decir, entonces, que la «letra» encuentra su sentido en dicha «alma». Castillejo pretende vaciar la escritura para llenarla en la negación, esto es, en lo no escrito. Una realidad repleta de pureza, de vacío, de esencialidad, de blanco... y otra alma: el mundo. Pero, ¿qué es el mundo?, preguntaban los clásicos. Se podría responder, de nuevo, con aquella cuestión de Plotino: «¿Qué es esto que no existe?». Ante esta paradoja, Castillejo admite que la existencia se fundamenta en la no existencia y viceversa, esto es, la escritura en la no escritura y al revés. De esta manera, la escritura se justifica por su expresión no escrita, y el concepto se define por lo que no es.
Este autor también establece un recorrido con tintes dialécticos entre el marxismo y el psicoanálisis en algunas cuestiones que ya se han apuntado. En el capítulo titulado «El psicoanálisis y la letra» (pág. 48) sostiene que «La letra oculta lo que ha matado cuando lo refleja» (pág. 49). Freud entiende la cultura como un suicidio primitivo. ¿Podrán las estructuras cognitivas revelarse o quebrarse para luego construirse? Se trata de un reflejo y no de una realidad. ¿Es la ideología un reflejo oculto de la letra? Estas reflexiones, sin duda, conducen a conceptos como «alienación», «neurosis», «cultura burguesa» (pág. 50), etc. Expresiones como «la letra con sangre entra» (pág. 47) no son más que una viva muestra de la aplicación consciente de la letra, del imperialismo de la palabra, de la escritura como exponente fundamental, primario, exitoso, de la comunicación humana, que, al mismo tiempo que libera la mente de quien la representa, la condena a un estricto sometimiento.
Para Castillejo, entonces, «Salir de la letra hace posible entrar en el libro» (pág. 52). Y ese libro es el mundo, el que contiene lo verdadero. Con esa imagen enuncia una realidad externa a las palabras publicadas. O un mundo tangible que se inspira en otro intangible. Para este autor, hoy en día, la letra representa a una sociedad repleta de prejuicios, que mantiene oculta su «obscenidad» mezclándose con otras, sin exponerse tal cual es. «Un hombre es ahora un número o unas letras que le marcan con una identidad que no tiene historia» (pág. 54), así resume Castillejo la utilidad de la letra.
En su libro El silencio de la escritura (1999), Emilio Lledó señala que la escritura se fue encerrando en el libro, transformándose de una subjetividad oral a una objetividad escrita. Para Castillejo «La finalidad de un libro no escrito que no está vacío es manifestar lo que la escritura no dice» (pág. 82). En este sentido se puede comprobar cómo este autor reinventa para la modernidad un objeto artístico: un libro en blanco. Este objeto representa el vacío y la negación, el despojamiento, un espacio de silencios que desemboca en unas opciones metafísicas como el taoísmo o el budismo. El libro en blanco es, en realidad, un primer libro del mundo, un mapa esencial del espacio, que lo hace estar presente, una metáfora de la escritura no escrita.
Llegados a este punto conviene preguntarse: ¿Cómo leería un lector un libro en blanco? Dentro de la denominada estética de la recepción, Iser defendía que «Lo decisivo en la estructura de la obra son esos vacíos, distancias, puntos de vista, discontinuidades, contrastes, fragmentaciones, segmentaciones y montajes, que ponen al receptor frente a las cuerdas, exigiéndole que se defina a sí mismo frente al texto». De esta manera, «La experiencia estética es capaz de disolver como juego los códigos convencionales siempre que el receptor ejecute lo que la obra de arte insinúa (performance)». Iser describe a un lector preparado para analizar su propia vida en el texto, en la escritura del libro, pero se está hablando de un objeto físico, ¿acaso tendría sentido como fetiche, como objeto artístico? Probablemente la literatura todavía no ha aceptado este tipo de artefactos como textos propiamente literarios. Posiblemente, el lector habitual no encajaría un libro en blanco en la literatura, sino en las artes plásticas.
Castillejo se hace eco de esta estética de la recepción cuando señala: «Leer es descubrir en lo escrito lo no escrito. La lectura es una escritura des-cubierta» (pág. 91). De esta manera, cierra el círculo del conocimiento estableciendo un modelo de lectura del mundo, no basado en la escritura, sino en el descubrimiento de la esencia de sus contenidos.
Por otra parte, este autor contrapone la inabarcabilidad de la lectura del libro moderno y de vanguardia, frente a la del libro tradicional que se agota en sí mismo. Esta tesis ya la expuso Adorno como uno de los motivos para contradecir las teorías de Plejanov, cuando este último priorizaba el realismo (tradicional), como forma de escritura de acuerdo con un modelo marxista, y devaluaba la escritura burguesa reflejada en la literatura vanguardista. Además, Castillejo demuestra que la escritura del libro «moderno» se aproxima a la escritura no escrita porque ésta no tiene final.
Este autor recurre a un metalenguaje, asumiendo una función metapoética, y a un particular modelo de «metaescritura» que se contradice a sí mismo, dialéctica pura, para sostener el concepto de escritura no escrita, esto es, «Lo dicho como no escrito» (pág. 93). Un campo con tiempo y espacio relativos es lo que abarca este modelo de libro del mundo. En realidad, se halla más cerca de la cultura china, que, precisamente, «busca sincronicidades en vez de cadenas causales» (pág. 144). Con lo cual, se asemeja a lo que constituye la base del taoísmo, puesto que Castillejo describe su tesis apoyándose en la inseparabilidad de los contrarios, así como en la Teoría de los Cuanta y en la Psicología profunda «en los que existencia e inexistencia son complementarias» (pág. 164). Decía un poeta y filósofo taoísta, Chuang Tzu, que «Uno podría también hablar de la existencia del Cielo sin la de la Tierra, o del principio negativo (Yin) sin el positivo (Yan), lo que es claramente imposible». Por tanto, «A la pregunta de Plotino: ¿Qué es eso que no existe?, contestaría Niels Bohr: "Es también aquello que existe"» (pág. 174). De esta forma, Castillejo provoca el encuentro con la «imparcialidad» o lo que ha denominado, también, «ecuanimidad», mediante las siguientes palabras: «ahora no todo lo escrito está escrito y en todo caso las letras están en libertad» (pág. 171). Esta apreciación genera una respuesta en el mismo autor con idéntico misterio a la cuestión de Plotino, sentenciando que lo que no existe recae en la escritura no escrita, esto es, «el verdadero lugar donde encontraremos lo que hay que buscar y donde nos buscará lo que hemos de encontrar» (pág. 190).
Castillejo propone una vuelta al conocimiento no escrito del mundo, a la lectura de la naturaleza, con el fin de salirse de la propia comprensión del lenguaje meramente escrito. En realidad, este autor invita a salirse de sí mismos a aquellos individuos que componen su vida en torno al lenguaje hablado o escrito. No hace sino constatar una certeza: aquella que presenta al ser humano como alguien que puede acceder a numerosos lenguajes, al margen del lingüístico. Y esto es lo interesante. No se puede decir, sin caer en el error, que el ser humano es lenguaje, es palabra, y que sin él o ella no es posible la comprensión del mundo. Con lo cual, la auténtica escritura, el auténtico lenguaje, de entre todos los modelos posibles, entonces, se encuentra en una imagen del libro del mundo que todavía no ha concluido y que no está escrita, es decir, no traducida por los hombres, inexistente para muchos. En esta visión cosmológica, cambiante, se encuentran todos los paradigmas, todos los miedos, todas las búsquedas, todas las claves para visualizar, quizá, algo de trascendencia o de futuro.
Publicado en mi libro La poesía en el teatro, la pintura en la música (2009).

sábado, 9 de mayo de 2009

Otros mundos

Se convocaron todas las ecuaciones posibles,
todas las maneras de cifrar el espacio,
todos los astros,
en la palma de la mano.

(Inédito).

En defensa del teatro poético



En ocasiones, surgen proyectos, ideas, argumentos que sirven de contraposición teórica a las tendencias dominantes. Las pequeñas resistencias, las fuerzas de choque, los desacuerdos críticos contra un determinado sistema normalizan la fértil cadencia de una forma de creatividad que aspira, tan solo, a reconocerse a sí misma, a ser auténtica, sin intermediarios, sin concesiones. Estas manifestaciones culturales siempre han sufrido los maltratos de los agentes políticos, sociales, de gestión, etc. Pero conviene preguntarse: ¿qué impulsa a estos creadores a continuar en su estrategia personal de creación, a no ceder de manera considerable la orientación de sus caminos marcados? Han sido numerosos, incontables, los hechos artísticos que, en este sentido, se han manifestado a lo largo del siglo XX, impulsados también por el espíritu de la modernidad de finales del XIX, con la intención de atravesar los parámetros reales de la percepción para penetrar en otros mundos, en los reductos no revelados de la identidad, en la inconsciencia, en el conocimiento del otro, en la autenticidad y en el riesgo de ser libre, por unos minutos, en escena.
Pese a la trascendencia moral de estos acontecimientos, la mayoría de estas manifestaciones artísticas en la escena pública ha caído en el olvido, en un resultado efímero, en ocasiones de gran impacto, pero relegado a la desaparición de la memoria histórica.
Muchas veces se suele considerar a las obras escénicas en dos categorías: la oficial y la no oficial, la convencional y la no convencional, la no vanguardista y la vanguardista, etc. Muchos investigadores de España se han llenado la boca de grandes elogios al hablar de los espectáculos de teatro de texto, del rigor, de la coherencia, del control de la propuesta escénica, para referirse a un tipo narrativo y oficial, o no tan oficial, de fácil comprensión, al menos. Incluso la mayoría de los manuales de dramaturgia o de teoría teatral que se han publicado hacen referencia, aproximadamente en sus tres cuartas partes, a este tipo de teatro. De todas formas, parece excesivo reconocer que una cuarta parte de estos libros, pues casi es inexistente, examine con rigor la presencia de un teatro evolucionado, progresista, vanguardista, poético. Más bien, se ignora. En España la vanguardia se ignora o se le hace el vacío. Es algo de paso, poco comprensible, que se despacha rápido: muchas veces se utilizan los mismos adjetivos para definirla, para recrearla en las reseñas de los periódicos. Una de las grandes carencias ha sido la falta de presencia activa de una crítica especializada y estable para el análisis serio de estas otras propuestas artísticas. Se puede decir que, en líneas generales, salvo excepciones dignísimas, pocas veces esta crítica ha tenido cabida en el mundo editorial español, si se compara, por ejemplo, con su copiosa existencia en países como Alemania, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, etc.
La dedicación al teatro de una sociedad mide la temperatura intelectual de un país. Pero cuando se suele señalar esta idea, ¿a qué tipo de teatro se hace referencia? Cabría pensarse que se esté hablando de posibilidades y de discursos amplios, de heterogeneidad, de especialización, de profesionalidad, de espacios al alcance de todos, de profundidad crítica y exigentes niveles discursivos, de numerosas tendencias dramatúrgicas, de producción, de gestión pública y privada, de foros de opinión, de planes de educación específicos de artes escénicas, de amplios niveles de formación, de una perspectiva internacional de la creación artística, de proyección y fomento de las propuestas más innovadoras, etc. Pero los resultados no avalan lo dicho. España ha sufrido la desidia de la irregularidad y no la apuesta estable y duradera por un teatro que sea capaz por sí mismo de vencer sus propios límites teóricos y prácticos. En este país se improvisa mucho.
Los movimientos de renovación en el teatro constituyen una respuesta a los mecanismos hipócritas de la realidad. La existencia de un teatro poético es un bien necesario para el ser humano, puesto que con él se mide a sí mismo. Por su propia naturaleza favorece un encuentro entre todas las tradiciones que marcan puntos de esencialidad, y en estos se conectan a la vez todos los instantes mágicos de la creación: visiones míticas y contemporáneas. Quien ignora esta forma de relación íntima entre el teatro y el hombre desprecia también los enigmas de su identidad, sus conflictos, sus necesidades. Todo ello es poetizado en el teatro de vanguardia. Todo ello se reconoce cuando el espectador descubre este espacio de encuentro entre una estética de la identidad y las tradiciones mágicas del inconsciente.
Pero el mayor peligro para la recepción del teatro poético no se encuentra en el público, sino en los políticos o en los gestores culturales que no atienden a la importancia social de transmitir ese encuentro directo entre creación y espectador. Si se prescinde de este tipo de teatro y se programan demasiadas tonterías se tendrá un público que ignora una parte trascendental de la cultura. Por lo tanto, hay que potenciar la autocrítica; y las instituciones públicas no son salas privadas que deben vigilar los ingresos y gastos para mantenerse. La cultura es un bien que hay que proteger. Y la cultura de renovación debe tener un lugar muy especial, puesto que los momentos más relevantes de la historia de la humanidad son precisamente aquellos instantes que marcan puntos de inflexión en la manera de observar el mundo y que, por tanto, hacen cambiar las cosas.
Publicado en mi libro La poesía en el teatro, la pintura en la música (2009).

Retórica


Hay quien estudia el pasado de las letras. Hay quien me dice que las cosas fueron de tal o cuál manera. Pero no es de un único color la tensión de cada palabra. Se discuten las definiciones, mientras las letras cambian de tonalidad. Ninguna tiene un aspecto fijo. Las combinaciones dependen del sonido, del contexto, del color. Porque se llega a ello cuando se olvida lo aprendido. Hay que poner la mente para detrás, pulsar de otra manera. Así se transmite el olvido. Así se miran las palabras. Una gama de color es capaz de declarar una guerra. Y hay quien busca el color áureo, aquel que defina las transiciones de la letra, la curva, la línea absurda que envuelve una tradición. Una guerra es una sinfonía de colores. Un orgasmo es un espacio de guerra. Hay quien estudia el pasado de las ideas. Y el pasado está marcado por el color de cada palabra. Retórica de un espacio, retórica de una forma de porvenir.
(Inédito).

Alas

I
Una pluma
de gaviota
dibuja
tu ascensión.
Haces
aire de
mis huesos.

II
En mi oído,
tu cadencia.
Te respiro,
te evaporas.
Diminuta
corriente,
tu voz,
para dibujarte.

(Inédito).

jueves, 30 de abril de 2009

Mensaje en una botella

En este instante... me invade una forma de soledad, un espacio perdido... en este mundo tan eterno... Pero la vida me obliga a pensar lógicamente. Escribo desnudo estas notas. Quizá así pueda dar un paso más hacia mí mismo. No es suficiente saber. No es suficiente conocerse. En un edificio de palabras el poema es la gran mentira. Como todo lo que me rodea. Mirarse a los ojos, observarse cuidadosamente frente al espejo y morder los labios. No hablar, esconderse y olvidarse de uno.
Europa también se ha olvidado de sí misma durante mucho tiempo. Europa tiene demasiados remordimientos y oculta las palpitaciones más inquietantes de su pasado. No es libre, por ello. Hace unos días un operario encontró, enterrada en un muro de Auschwitz, una botella con un mensaje escrito por siete prisioneros, sobre un trozo de papel de un saco de cemento. Hace unos días, hace 65 años. En ella se detallan sus nombres, sus fechas de nacimiento, sus números de identificación en el campo y sus nacionalidades: siete polacos y un francés.

miércoles, 29 de abril de 2009

Crisis

Quizá lo mejor sea encontrarnos y no decir nada. Desnudarlo todo y convertirlo en otra cosa.
Sin imágenes, sin palabras de más. Un acento nuevo que lo diga todo sin decir nada. Porque todo está en tu cabeza. Y es tan cruel.
Europa está seca. Sigue con sus remordimientos y su espíritu positivo y autocomplaciente. Una palabra pura que deja de ser pura. En esta dimensión, el hombre deja de ser político, para convertirse en un vacío altruista, una existencia que vomita especuladores. La crisis especula su propia leyenda. Vivamos una crisis profunda. Sólo quien está en crisis permanente no la teme. Es más, la necesita. Los remedios para combatirla están en ella.

martes, 28 de abril de 2009

Siglo XXI

"El pasado es un lujo de propietario. ¿Dónde habría de conservar yo el mío? Nadie se mete el pasado en el bolsillo; hay que tener una casa para acomodarlo. Mi cuerpo es lo único que poseo; un hombre solo, con su cuerpo, no puede detener los recuerdos; le pasan a través. No debería quejarme: sólo quise ser libre".
La Náusea, Jean-Paul Sartre
Solo quise ser libre... El pasado es una excusa para existir. Sin él, algunos no encuentran un sentido a la vida. No creo que sea la solución. Más bien lo contrario. El pasado quita la vida y te descompone poco a poco. Un ser sin historia es libre. Libre para dejar de serlo.
El apego, lo continuo, todo está ya en crisis. Esta es nuestra era. El mundo empieza a cambiar ya, definitivamente. Desde el atentado a las torres gemelas y la crisis económica, ya está todo preparado para ser diferentes. Ya ha comenzado el siglo XXI. Ahora sí.

domingo, 26 de abril de 2009

Somnium

Escucho a Robert Rich, en esta noche, de madrugada. "Somnium" es una de las grandes composiciones del siglo XXI. Es paradójico que no duerma y que escuche "Somnium". Supongo que es uno de tantos hechos absurdos... Los insomnes buscan desesperadamente el sueño en cualquier lugar. Un sueño que cause una paz definitiva, que libere los estados depresivos y que conduzca hacia una noción muy precisa de verdad. Siempre existe una especie de rigor en esta carencia. El sueño me libera del peso de la vida. Pero hay que ganarlo. Siempre me vence la imposibilidad... Porque la noche te abre los ojos y todo alcanza en ella un alto nivel de deslumbramiento. Buscar esa chispa, ese estallido que me vuelva sordo y ciego por fuera, que me haga ver, verlo todo para convertirlo en nada, en inexistencia. Solo eso. Vaciar la mente. Ser un esclavo de ese vacío interior.

viernes, 17 de abril de 2009

Grado O

Quizá este poema viejo que nunca publiqué me ayude a empezar:

Grado O

Este libro
es un libro blanco
porque miente.
Y sucedió hace mucho tiempo.
Es como el jazz.
Y navega solo,
a su aire,
como aquel jovencito
con melena
y descalzo
por las paredes,
triste
y sin salir,
que hablaba,
hablaba de repeticiones
y de vacíos y de fractales,
de Kafka
y Trufaut,
de Glass, Rich y Nyman.
Y de Bergman,
de Bergman y minimalismo.
Y tocaba su mente con los dedos.
Viejo desde que nació,
como un niño anciano
para este mundo,
como un niño que nació cansado para este mundo.

De mí

Supongo que hay que empezar de alguna manera. Estoy acostado sobre un sillón en la sala principal de mi casa. No sé cómo empezaría todo. Leyendo supongo. Una contención. Necesidad de garabatear. Y mi sombra en la pared. Sin saber la causa, sin proponérmelo. Necesidad de comunicar. Más. Siempre me he negado a escribir sobre mí. Lo intenté con Memorias de un objeto y salió algo mejor, distinto. Nunca hago lo que en verdad me propongo. O sí. Hoy tengo demasiadas dudas. Hace un rato pensé que todo va muy rápido. Y yo sigo trabajando en ocupaciones que no dan mucho dinero, pero ilusionan. Soy un especialista en la ilusión, me da fuerza. Pero es duro porque luego carezco de vida. Siempre oculté mi experiencia. Ahora quizá debería explicar algunas cosas más íntimas. Algunos esfuerzos, algunas carencias... Puede ser. Un diario sería lo de siempre. Detener el tiempo... Me siento viejo. Siempre me sentí viejo. Fui, soy un niño viejo.