domingo, 10 de mayo de 2009

Los observadores


Usted ha llegado con los demás. En un espacio para decidir. En un espacio. Para decidir lo que haremos. De cómo actuaremos. De cómo actuaremos. En este punto tan difícil... Piense. Veamos. Descorche una frustración. Descorche, por ejemplo, una cereza de una botella. Y recorra todos los mares. Aterrice en un rascacielos... Disfrute de su apetito. Oblíguese a comer. Oblíguese a opinar. Porque todo es discontinuo. ¿Es usted disperso? No hay comunicación. Entonces, usted espera algo de comunicación... Y en ese momento, la luz me miraba desde la ventana... Me sentí observado por usted. Fue, entonces, cuando decidí salir en su búsqueda. Pero no. Usted lo ha olvidado. Y no aguanto esta espera. Me pone de mal humor. Alguien quiso representar este papel, ¿sabe? Pero yo no lo permití. Todavía no estaba preparado. No puedo abandonar. No puedo dejarlo como si nada. Busco los silencios positivos, las pausas. ¿Quién quiere hablar? ¿Y cuándo se decidirán a hablar? Yo no quiero decir este texto, pero no tengo más opciones. Ustedes no quieren callarse, ¿o sí? Bueno. Es, quizá, un momento culminante. Ustedes me dicen lo que debo decir. Usted... Me voy a callar. Me voy a interrumpir. Lo interrumpo todo. Para perder el ritmo. Buscar el silencio. Está bien. Sin antecedentes. Sin humor. Sin tristeza. Pero usted sabe que es algo triste. Porque usted no tiene nada que contar. Vive solo. Disfruta de la soledad. Del soliloquio. Usted es individual. Se considera un individualista. Quizá alguien ajeno a usted mismo. Usted es un ser al margen. Una especie de confianzudo de sí mismo. Ha olvidado sus motivos. Ha olvidado cómo ha llegado a este punto. ¿Cómo era antes? ¿Cómo se iba usted de sí mismo? ¿Cuándo comenzó todo? Está solo. Solo. Nadie le espera. Nadie da nada. Ustedes lo saben. Es difícil. Porque estas preocupaciones carecen de interés. Un lenguaje que no da nada. Nada. Como experiencia no sirve. No insista. Como voz interior, ¿quién sabe? ¿Usted lo sabe? Cada uno sólo puede hablar de sí mismo. Es inútil toda resistencia. ¡Qué nadie se mueva! Es broma. Pero estamos aquí. En este lugar repleto de imprecisiones. Ni siquiera usted y yo somos compatibles. Ustedes y yo. Fingimos. Fingimos que hay entendimiento. Pues yo les digo que no lo hay. Yo. Mi personaje no sabe nada. Les ignora. Y es capaz de engañarles. Les está engañando. Ustedes suponen. Sólo suponen lo que está sucediendo. Pero no ocurre nada. Como en sus vidas. Usted se siente engañado. Se irrita. Le preocupa la experiencia. Y no saber... Esta imprecisión... El argumento está circulando por otro canal... Usted se enfada porque cree que no se encuentra en el lugar adecuado. Usted duda. Es decir, usted abandona. Sale del lugar. Pero está solo. Continúa solo. No se ha resuelto el problema. Vuelve a dudar. Busca otra ubicación. Pero no es suficiente. Usted carece de recursos. Es algo sin estructura. Sin diseño previo. Sin aclaraciones. Nadie le explica. Nadie habla con usted. Pero están ahí. Ellos, ustedes, dentro de sí mismos... Los observadores de esta guerra. Usted pertenece a esta coalición. A este tribunal. Usted es una parte. Algo indiscutible. ¿Lo entiende? Entonces, ¿por qué duda? Usted es consciente. Se deja llevar. No quiere dejarse llevar. ¿Qué le preocupa? Está preocupado. ¿Qué le impide seguir? No puede seguir. Usted se asombra. Pero no puede asombrarse. Se interroga. Se sienta. Vuelve a ser usted mismo. Y ellos siguen ahí. Está con ellos. Les refuerza. Les devuelve el optimismo. No comprenden, pero ¿qué importa eso? Se irán con la duda. Algunos se marcharán con las manos vacías. Algunos seguirán escuchando. Y usted verá la televisión. Verá la televisión. Se descubrirá en ella. Elegirá no comprometerse. Dejará de ir al teatro. Abandonará su vida anterior. Sentirá la necesidad de comenzar de nuevo. Pero no hay salida. No está en su mano. Usted no puede escapar de todo. Es inestable. Todo esto. El espacio. Este reducto. Y es breve en comparación con todo lo demás. Una fortaleza sin fuerza. Y este teatro hueco. Continúa disperso. No se ha movido. Pero respira. Usted piensa en la televisión. En una imagen invisible. En cómo sería el desnudo. Y cómo se colocaría. Y cómo perdería. Usted sabe. A no ser... A no ser que alguien le estuviera engañando. Que le dijera lo que quiere oír. Entonces, todo sería distinto. Usted no sería quién cree que es. Ni los demás. Ni ustedes. En realidad, no lo saben. Confían demasiado. Hasta en la escritura. En la estabilidad de aquello que es inestable. En una herencia. Hay unos derechos adquiridos en este espacio. Unos derechos que ustedes ven. Unos derechos que yo no puedo ver. Por eso me oculto entre ustedes. Y me disfrazo de usted. Pero no lo sabe. No me conoce. Por eso he dejado de escucharle. Por eso he perdido mi afinación. Al carecer de criterio, usted no sabe de lo que estoy hablando. Desconoce el engaño. Convive con su propia apariencia. Y continúa ahí inmóvil. Sin decir lo que piensa. Lo que opina de verdad. Pero se justifica. Se ignora. Usted se ignora. Porque se justifica. Porque dice no lo entiendo. Porque usted lo sabe. Yo le ignoro. Le ignoro.

Pieza teatral publicada en mi libro Teatro 8: Interior de una cámara de cera (2006).

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